252 días

Esta era el ducentésimo quincuagésimo segundo día desde que ha empezado aquella reclusión basada en lo que el llamaba “La necesidad de un hombre de trascender junto con la sociedad” y para el las letras eran la única manera que el aceptaba para hacerlo correcta y eternamente, para el resto de las personas que lo conocían su encierro no era mas que la culminación de su locura y demencia que podían imputarsele a su edad.

Como todas las mañanas de estos doscientos cincuenta y dos días, se levantó de la cama vieja de madera que se encontraba pegada a la pared de la choza, misma que parecía haber sido construida entorno a la cama. Esta era lo único valioso que se apreciaba en aquel levantamiento áspero de madera de hace 25 años que aún recordaba a los arboles adultos que le dieron existencia.
Tomo el sartén con el que contaba y cocino el único par de huevos que tendría por aquella semana puestos por las gallinas que tenía en la parte posterior (aún no me queda claro si es posible decir si aquella choza tenia parte posterior), los comió con el mismo placer que el de un niño al saborear un helado. Al terminar, tomó un baúl que se ocultaba entre los dibujos desiguales de la madera y de este saco dos casetes de audio; el primero de Peggy Lee contenía la canción Why don’t you do right?, el segundo no llevaba etiqueta y parecía mas viejo que el primero.
Me dijo que consideraba elemental continuar escribiendo esa parte de la historia al mismo tiempo que escuchaba esta canción, esperando que la música llevará a su mente dentro de esas hojas de papel.
Estuvo escribiendo por el resto de día, y es todo lo que hizo. Me retiré del lugar media hora antes de que cayera la noche. No pareció importarle la noticia que había llevado, ni siquiera se esforzó en notar mi presencia.
Su esposa había sucumbido al cáncer que los médicos no lograron aminorar de ninguna manera durante aquellos 252 días. Me encargué personalmente de los preparativos para el funeral de su mujer.